La rebelión obrera y estudiantil que quebró el silencio de la dictadura

Mayo de 1969 quedó grabado para siempre en la memoria popular argentina. Mientras en Europa el llamado “mayo francés” sacudía universidades y gobiernos, en la Argentina la rebelión tomó una forma propia: obrera, estudiantil y profundamente federal. No nació de un solo hecho aislado, sino de una acumulación de bronca social, persecución política, censura, hambre, intervención universitaria y violencia estatal ejercida por la dictadura de Juan Carlos Onganía.
La protesta comenzó a expandirse desde distintos puntos del país. Corrientes, Resistencia, Rosario, Tucumán, Mendoza, La Plata, Salta y Buenos Aires fueron escenarios de huelgas, actos relámpagos, marchas del silencio y enfrentamientos callejeros. La represión policial respondió con gases, balas y asesinatos. Los estudiantes Juan José Cabral, Adolfo Bello y el joven obrero Luis Norberto Blanco se transformaron en símbolos de una generación perseguida.
La indignación creció día tras día. Ya no eran solamente los estudiantes quienes salían a las calles. Se sumaron obreros, empleados, docentes, profesionales, sacerdotes, vecinos y familias enteras. La protesta dejó de ser universitaria para convertirse en una rebelión nacional contra el régimen militar y contra un modelo económico y social que condenaba al pueblo trabajador.
En ese contexto, Córdoba se transformó en el epicentro de la insurrección popular. Allí, la unidad entre obreros industriales y estudiantes alcanzó una fuerza inédita. Las columnas sindicales de SMATA y CGT de los Argentinos confluyeron con miles de jóvenes en una jornada histórica.
El 29 de mayo de 1969, la ciudad quedó en manos del pueblo durante largas horas. Barricadas, movilizaciones masivas y enfrentamientos con las fuerzas represivas marcaron una jornada que cambiaría definitivamente la historia argentina. La dictadura necesitó la intervención del III Cuerpo de Ejército para recuperar el control de la ciudad.
Aquel levantamiento popular pasaría a la historia como el Cordobazo.
No fue solamente una protesta. Fue el principio del fin del régimen de Onganía y la demostración concreta de que, cuando el pueblo se organiza, incluso las dictaduras pueden tambalear.
DÍA 12 DE MAYO
Ante la decisión de las autoridades universitarias del Nordeste de aumentar los precios de los tickets en el comedor estudiantil, previamente entregado a un concesionario particular, se realiza un paro total en las facultades de Resistencia: Ingeniería, Arquitectura, Humanidades y Económicas. Los centros respectivos dan un comunicado conjunto donde afirman que las autoridades universitarias “pretenden reproducir la universidad oligárquica de 1910 o 1930”. Ante las primeras señales de violencia policial alertan al pueblo que tienen sobre sí a sangrientos represores, exigen la renuncia del rector Walter y a los decanos en Corrientes, los estudiantes organizan un comedor estudiantil en el local de la CGT de los argentinos.
DÍA 13 DE MAYO
La asamblea de los estudiantes de Resistencia, en el salón de actos de la universidad, es interrumpida por la policía que -reseña del diario “Norte”- interrumpió en el local arrojando gases lacrimógenos- para obligar a los estudiantes a evacuar el local y disertar sobre ellos una violentísima represión, que incluso desde los insultos más soeces a las jóvenes alumnas hasta el garrotero indiscriminado de hombres indefensos que eran rodeados por grupos de cuatro o cinco policías…a medida que los estudiantes iban saliendo, eran golpeados indiscriminadamente con los clásicos garrotes y “teyuruguay”…. También dirigían a los asambleístas en fuga soeces insultos, especialmente a las alumnas, a quién le decían: “van a ver guachas”; “ahora le vamos a dar hija de p***”
Numerosos detenidos, cinco incomunicados. Para la universidad Tecnológica. Los estudiantes ocupan el comedor.
Día 14 de mayo
Las autoridades decretan asueto. Los estudiantes se dirigen a la Catedral de Resistencia.
“Unánime repudio ante el incalificable ensañamiento”, titula el diario “Norte”. Protestan el Consejo Profesional de Abogados y Procuradores, el cuerpo de profesores de Humanidades y la Federación de Comisiones Vecinales, entre decenas de instituciones.
El jefe de policía cordobés, coronel Gerardo Seidel, cerca con sus tropas el Córdoba Sport club, donde 3.000 trabajadores de SMATA realizaban una reunión gremial. A las 16:30 horas decretan un paro de 48 horas y se empiezan a retirar pacíficamente, pero la policía carga contra ellos. Fueron los primeros 200 cartuchos de gases lacrimógenos que tiraron; por supuesto no los últimos. Los trabajadores se reagruparon varias veces haciendo actos relámpagos y logrando desorientar a la policía, que a medida que pasaban las horas tenían que vérselas con más manifestantes. Al caer la noche, el dirigente Juan Viñazca fue internado con otros 4 trabajadores heridos de bala. La policía logró detener a 20 personas, Pero sufrió baja mayor, 10 policías tuvieron que ser internados, 7 patrulleros y un ómnibus quedó inutilizado. Así lo reconoció el ministro de gobierno de la provincia Luis Martínez Galletti, qué ordenó el acuartelamiento de la policía. Había intereses que defender; el Centro Comercial e Industrial de Córdoba había expresado: “su más enérgico repudio por los hechos vandálicos ocurridos en la fecha en detrimento de la propiedad privada de la que son parte afectada sus integrantes”. En adelante, los manifestantes sabrían quienes estaban en contra. La CGT de los Argentinos también emitió un comunicado, “a la opinión pública en general a los trabajadores en particular, para instales ahora más que nunca, a la lucha frontal en contra de los usurpadores del poder”.
DÍA 15 DE MAYO

A mediodía, la policía correntina asesina al estudiante Juan José Cabral. Seguimos el relato del diario “Norte”. “La policía cargo a sable desenvainado disparando las pistolas 45 y las bombas lacrimógenas, destrozando el brazo de un estudiante y la cabeza de otro, y rematando ello con el ametrallamiento a mansalva, disparando las Pam al bulto, Manejados por criminales vestidos de civil, pero que no pertenecen al hampa, sino a la oficialidad de la policía correntina”.
El valiente matutino que publicó esta crónica, Superó ese día todos los récords de tirada, con 22000 ejemplares.
El asesinado -prosigue “Norte”- alcanzó a dar unos pasos antes de caer muerto por la herida que le intereso el corazón, dejando un rastro de su sangre joven sobre los mosaicos de la plaza Sargento Cabral, que seguramente los historiadores futuros llamar plaza de la Vergüenza de la Policía de Corrientes”.
Además de Cabral, hay 8 heridos de bala, 20 de sable, dos por granadas lacrimógenas y 40 contusos.
Inmensa indignación. 350 profesores piden la renuncia del rector Walker. Paro total del foro en Resistencia. Repudio de la Cámara de Comercio.
DÍA 16 DE MAYO
Marcha del silencio en Corrientes. Ciudad paralizada. Una multitud de 10 cuadras acompaña los restos de Cabral en Paso de los Libres. Renuncian profesores de la escuela de Policía.
Importantes manifestaciones de protesta de todos los sectores en ambas provincias. Centenares de declaraciones de repudio de sindicatos, sacerdotes, organizaciones estudiantiles, profesionales.
El Nordeste se pronuncia en masa contra de la dictadura.
DÍA 17 DE MAYO
En La Plata 200 estudiantes hicieron un acto Relámpago en la esquina de 7 y 50. El jefe de la policía de la provincia, Eduardo Nava, logró dispersarlos, pero tuvo que destacar todos sus efectivos a lo largo de la ciudad para impedir nuevos actos.
En Tucumán fue más bravo. Los alumnos de las facultades de Derecho y Ciencias Sociales corrieron por todo el barrio, a la policía, que en el camino iba pegándoles a los transeúntes desprevenidos. Los estudiantes, mientras tanto, se cubrían La retirada. Tras de ellos dejaban autos y tachos de basura cruzados en la calle. Una táctica efectiva: los “guardianes del orden” sólo se llevaron detenido a Humberto Rodríguez, pero lo soltaron dos horas después. Según parece, para llegar a tiempo al acto que se hizo frente al diario “La Gaceta”, donde interrumpieron el tránsito en 15 minutos sin que interviniera la policía, que vigilaba celosamente todo lugar donde no hubiera manifestantes.
Mientras, en Córdoba, el rector Nores Martínez cerraba con candados las puertas de la Universidad “como una sana medida para evitar disturbios”. Fue inútil. A mediados de la tarde, la policía tuvo que extremar precauciones para evitar la sublevación que ella misma estaba provocando y que estallaría pocos días después.
En la Facultad de Filosofía, sus alumnos realizaron una asamblea donde repudiaban el asesinato de Cabral. No sabían que, en ese mismo momento, en Rosario, era muerto otro estudiante. A la salida, hicieron un acto relámpago, pero la policía logró detener a 13: Silvia Vacre, Cristina Trabuco, Horacio Sinaí, Horacio Heiter, Ignacio Lavalle, Jorge Valle, Jorge Jarovlavsky, Miguel Echegoyen, Carlos Lapata, Rubén Bermey, Julio Estevez Illescas. En solidaridad con los compañeros detenidos en sus objetivos de lucha, ese día 2500 alumnos no se presentaron a los exámenes.
A esta altura la rebelión corría por todo el país. En Santa Fe, los alumnos de la Universidad del Litoral realizaban asambleas y actos relámpagos por toda la ciudad, en Rosario eran suspendidas las clases ante el temor oficial de que los estudiantes y pobladores expresaran su repudio y aprestaban a toda la policía.
Al atardecer en Rosario, estudiantes y trabajadores se lanzaron a las calles. Los impulsaba el repudio al asesinato de Cabral en Corrientes, pero también la lucha por las banderas que había levantado el estudiante muerto. Pronto, la policía cobraría otra víctima. Comenzó con la represión a un acto de protesta igual a los tantos otros que se habían sucedido en todo el país en los días anteriores. Con carros Neptuno, pistola lanza gases palos largos y pistola en ristre, se lanza a dispersarlos. Un grupo de estudiantes -5 muchachos y una joven- busca refugio en una galería, en el edificio Meripal. Según uno de ellos, las cosas sucedieron así: “Entraron con pistolas y garrotes, parecían enloquecidos. Nosotros no teníamos ya ninguna posibilidad de defensa, pero nos empezaron a pegar igual. Uno de ellos -luego se sabría que era el oficial de la seccional tercera JUAN AGUSTÍN LEZCANO- disparó a quemarropa a la cabeza de Bello. Cuando cayó, quisimos auxiliarlo, pero la policía no nos dejó; lo vimos desangrarse durante 4 o 5 minutos. Tal vez lo hubiéramos podido salvar, pero cuando llegamos al hospital ya era tarde”.
Para desgracia de la policía, un periodista excepcional, Jorge Marrone, estuvo a pocos metros de la camilla donde agonizada Bello, en el Hospital Central del Rosario. Esta es su nota, publicada en la revista ASI el 27 de mayo: “El sábado 17, a las 3 de la tarde más de 300 estudiantes comentaban muy por lo bajo los sucesos ocurridos dos horas antes. Era apenas un murmullo. Pero no era miedo. Era tristeza. Respeto por el compañero que ahí, en el quirófano del Hospital Central, estaba viviendo sus últimas horas. Ellos, como todos, sabían que iba a morir. Que una bala que entra por la frente y sale por la nuca es mortal. La manzana delimitada por las calles Moreno, Rioja, San Luis y Balcarce estaba rodeada por los policías”.
Uno de los estudiantes alzó sus manos y propuso:
“…Vamos sentémonos y sin decir palabra demostremos que nuestro silencio es el mejor repudio a tan infame agresión”.
Pero no hicieron a tiempo cuando iban a cumplir el pedido la guardia de caballería comenzó a avanzar sobre ellos atrás cubriendo se marchaba la infantería de policía entonces el murmullo es respetuoso hablar por lo bajo se transformó en un grito contante y desesperado ¡¡¡Asesinos, asesinos, asesinos! y van retrocediendo pero la acusación era cada vez más firme más brava, “¡¡¡matenlos, matenlos a todos!!! Clamó irónicamente una chica hasta ese momento la policía parecía cautelosa y escuchaba inmutable lo que no podré saber jamás es cuál fue el momento del desborde de pronto la supuesta paciencia se transformó en represión atacó la montada y la infantería empezó a repartir garrotazos después un carro hidrante. Como complemento, los estudiantes, muchachos y chicas buscaban refugio en cualquier parte y los vecinos de la zona les abría las puertas para protegernos por supuesto media hora después reinaba tranquilidad, a las 4 de la tarde una mujer temblorosa que apenas podía caminar ponía la nota más dramática y conmovedora que le han hecho a mi hijo que le han hecho dónde está el asesino?!
La señora María de Bello no encontraba consuelo sólo una fuerte dosis de sedante alcanzó a mitigar un poco su desesperación recostada en una camilla seguía sollozando muy cerca de esa sala en el quirófano del hospital un equipo de médicos trataba de salvarle la vida a su hijo. A las 17:20 los especialistas en las últimas consultas de la operación, esta estaba terminada una distracción de la guardia, me permitió acercarme al lugar desde 15 m distancia que lenta y disimuladamente están acotados, pude ver el impresionante cuadro Adolfo Bello tendido en la camilla apenas movía el labios superior cubierto con un incipiente bigote y un apenas perceptible gemido inundaba el tremendo silencio de la saga que después interrumpió uno de los cirujanos que había participado en la operación
Mira le comentó un colega es brutal este chico le han tirado desde un metro de distancia o menos porque si hubiera sido de más lejos, la bala no hubiera producido orificio de salida como en este caso. Después otra vez silencio.
Una enfermera arrastró una camilla, vamos a llevarlo al segundo piso ordenaron esta vez, la confusión el ir y venir desesperado de los médicos practicantes y enfermeros enfermeras, no me permitieron seguir observando. Ahora en el segundo piso el proceso de la delicada intervención al salir de la habitación ubicada a pocos metros del ascensor, un médico le comentó a otro, que recién llegaba entró en estado comatoso.
Siguieron transcurriendo los minutos lentos agobiantes angustiosos pensé que ese muchacho esa misma mañana habría estado estudiando o charlando con sus amigos y ahora una bala le estaba quitando la vida.
Dos manos ágiles trabajaron sin descanso durante varios minutos.
Los otros no podían hacer otra cosa que mirar y miraban impotentes. Exactamente a las 19:05 Adolfo Bello respiro un poco más profundamente, la cabeza totalmente cubierta por vendas apenas se inclino hacia la izquierda
Todos los médicos se miraron entre sí. Bajé las escaleras corriendo y sentí frío.
La carga de caballería -que presenció Marrone- antes de entrar al hospital no fue obra de La casualidad sino del subjefe de la policía rosarina Andrés Paiva su llegada fue recibida con silbidos y abucheos algo que este individuo no pudo soportar, ordenó, pero tuvo que soportar algunas sorpresas, los estudiantes retrocedieron. Pero le dieron bastante que hacer, uno de ellos, por ejemplo, mantuvo a raya a dos policías a trompadas limpia como 5 minutos dando tiempo al resto para procurarse piedras, la indignación popular no conocía límites una muchacha después de ser golpeada le dijo al pesquisa ahora vaya cuéntele a su mujer la hombreada que hizo. Tampoco se salvaron los periodistas, cállate la boca, le gritaron a uno, que si no a vos también te vamos a arreglar, un camarógrafo de televisión vio en peligro su vida mientras le apuntaban con un fusil, le dijeron: si no te vas enseguida el próximo tiro va a caer para vos. Unas mujeres reunidas en una esquina revelaron la causa de la historia policial estos del comando radioeléctrico ya no saben qué hacer están locos de miedo porque no se cuidaban entre ellos, así repite lo que hicieron en él saladillo, donde un oficial y un agente maltrataron a una menor que iba con su novio…
Mientras tanto los estudiantes se habían regresado y baldosas en manos hicieron retroceder a la policía.
En el hospital el secretario de asistencia social y salud pública doctor Armando cartón, se enteraba de la muerte de Bello, decía: yo no tengo nada que ver con la represión. Es una barbaridad, la policía no perdió tiempo les dejó el campo a los estudiantes, y se dedicaron a ejercer otra de sus habilidades, a fabricar pruebas, primero las destruyeron, con un balde y un cepillo trataron de borrar las manchas de sangre que había dejado Bello al desangrarse en el paso de la galería.
18 DE MAYO
Alrededor de las 12, 5 agentes con uniforme de fajina penetraron en la galería donde cayó herido de muerte el estudiante Adolfo Bello y uno de ellos, con un objeto cortante, practicó una perforación en el marco de una puerta de poco más de 1 cm de diámetro y uno y medio de profundidad, el hecho fue observado por un cronista de La Razón, los policías actuaron con cautela cuidando de no ser observados. La perforación fue practicada a escasos metros de donde cayó el estudiante el posterior parte policial resultaría por lo tanto sólo una mentira, no lo dices sólo la CGT, sino el diario La Prensa; el 19 de mayo se suma también a esta crítica el hecho de considerarse falsa las declaraciones que se hacían en el comunicado dado a conocer por la jefatura de policía.
DÍA 19 DE MAYO

La excusa del oficialismo fue sensacional. “Ante el clima anormal que se advierte en los claustros” las autoridades universitarias del Nordeste decidieron suspender por tiempo indefinido las clases en Rosario por tres días, EN La Plata sólo 24 horas. En verdad, esta medida estaba tomada no por una cuestión de clima, sino para tratar de evitar, de alguna manera, que el estudiantado nacional les enrostraran sus crímenes, les exigiera la libertad que le habían negado tantos años. Y la medida era acordé al clima de agitación que había en cada lugar.
El insospechable Colegio de Abogado de Rosario se preocupó de definir la actuación policial. Parte de su declaración: “Que ambos episodios (la muerte de Cabral y Bello) contribuyen a conformar una tendencia notablemente peligrosa, en cuanto pareciera orientada al logro de un orden basado en la represión y no en el marco de seguridad que brinda el derecho”.
En Cuyo, los estudiantes universitarios hicieron una “Marcha del silencio” en adhesión a la lucha estudiantil y obrera y en repudio a la muerte de sus dos compañeros. Esta vez, la policía no se animó a tocarlos. Tampoco los tocaron en Corrientes, donde una centena de estudiantes hizo un acto en pleno centro de la ciudad. Es que el ministro de gobierno y Justicia correntino, Carlos Adolfo Soto reveló que el día de la muerte de Cabral la policía tenía orden de salir con las armas descargadas.
La presión popular crecía por momentos. En Paso de los Libres, en Resistencia, Paraná, Bahía Blanca y Córdoba se realizaban actos de repudio. En Córdoba la CGT denunció que los muertos hasta el momento eran 5; Cabral, Ávalos, Heredia, Bello y Rodríguez y que otros 20 habían sido baleados, pero la dificultad de comunicación existente hasta el momento impidió al periódico de la CGT verificar esa versión, recogida por un vespertino.
En Tucumán, antes de iniciarse un concierto en el teatro San Martín, los estudiantes hicieron caer una lluvia de panfleto repudiando las muertes, y un orador anónimo explicó al público las razones de la violencia oficial. Luego, pidió un minuto de silencio, y todo el público lo cumplió de pie.
DÍA 20 DE MAYO.
Por supuesto el ministro Borda, en uno de sus últimos discursos radiales, deploro profundamente las muertes. No aclaró que eran necesarias para la estabilidad del gobierno; que “todo lo que altere la vida de las aulas será inexorablemente reprimido”. Toda una promesa. En ese momento, su policía estaba impidiendo a palazos y gases una marcha del silencio que encabezaba Ongaro en la Facultad de Ciencias Económicas porteña.
Ya lo habían hecho en Tucumán, donde cargaron contra una manifestación de 500 personas con 6 vehículos policiales. Una vana ilusión policial. Tuvieron que dejar los coches y retroceder rápidamente. En el camino lograron detener a un solo estudiante Humberto Rodríguez.
Su derrota la vengaron con él: se lo llevaron a patadas y palazos por el medio de la calle. El jefe de La tropa, comisario inspector Roque Rubén Rodríguez tenía que justificarse de alguna manera ante sus superiores.
Entrada la noche, los estudiantes se dirigieron a la Casa de Gobierno, donde improvisaron trincheras para pelear a la policía con mayor comodidad. Entonces arreciaron los gases, pero con tanta mala puntería que obligó a las confiterías cercanas a cerrar: casi todas las bombas se metieron por sus ventanas. El saldo fue de 5 estudiantes heridos a cambio de 4 coches policiales destrozados y 2 policías internados. La guerra estaba desatada. La consigna estudiantil era luchar a cualquier precio.
Pero mientras Borda hablaba y hablaba por toda la red Nacional de radiodifusión, en Córdoba, en la Capital Federal, a sólo 14 cuadras de donde estaba el ministro del interior, una brigada de gases cargo sin motivo aparente, contra los estudiantes que estaban en la puerta de su Facultad. Según un testigo, “los que resbalaban en la corrida veían pasar por encima de sus cabezas los proyectiles de gas”
Es que la pistola lanza gases tienen un alcance mayor a los 50 metros. Es explicable entonces porqué murieron, pocos días después, dos estudiantes en Córdoba a raíz de un impacto de esos.
También en Rosario, donde a las 10:30 de la mañana unas 400 personas, esta vez entre obreros y estudiantes, se reunieron en el Palacio de los Tribunales y realizaron no un acto relámpago, sino un mitin “por los mártires de la dictadura Pampillón, Cabral y Bello, por sus banderas de lucha”. La población no fue ajena. Ante el busto a la madre, manos anónimas pusieron flores y un cartel que acusaba más que preguntar: “¿Por qué matan a nuestros hijos?”. El piso de la galería donde habían asesinado a Bello amaneció cubierto de flores. Al mediodía, alguien de una leyenda: “Estudiante Bello, perdón por no haberte salvado”. Sobre la pared, al lado del agujero practicado por la policía con la finalidad de falsear la prueba balística, había una leyenda escrita con tiza: “Esta es la mentira”. Los objetivos de la lucha eran claros; a esta altura de las circunstancias, no había otra opción que la lucha, y la policía lo sabía. Por eso, trataba de intervenir lo menos posible; probablemente tuvieran miedo. Los estudiantes y los obreros, mientras tanto, iban integrando, haciendo cada vez más compacto, un frente común. Un ejemplo en el local de la CGT Rosario empezó a funcionar una olla popular para los estudiantes.
Tal vez el ejemplo más claro de esta situación haya sido dado por la policía santafesina. A las 18:30, una gran cantidad de público asistió a una misa en memoria de los caídos en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen. Al finalizar, los asistentes hicieron una manifestación, recorriendo la calle San Martín en dirección a la Plaza de Mayo, al tiempo que gritaban estribillos contra la policía. Una vez allí, improvisaron tribunas desde la que varios estudiantes recriminaron enérgicamente la violencia policial, tanto en Corriente como en Rosario. Luego hicieron explotar algunos petardos y bombas de estruendo. Los manifestantes regresaron en bloque al punto de partida, la iglesia, y allí se disolvieron. La policía brilló por su ausencia. Al anochecer, comenzaron los atentados. Bombas de estruendo en terminales de ómnibus, teatros y cines no hubo ningún detenido.
Mientras tanto, en Buenos Aires, las huestes de Mario Fonseca empezaron a rodear lentamente la Facultad de Derecho a partir de las 19 horas. Es que, en su interior, una mayoría del alumnado estaba en asamblea. “Basta de centros -dijo un orador- unámonos todos, pues es ahora que debemos enfrentar a un enemigo común”. Algo que no pudieron soportar las fuerzas de la represión. A las 21:30 horas intentaron desalojar a los estudiantes, pero estos empezaron a cantar estribillos y resistirse. Se produjeron corridas, gritos, gases y pedrea. Muchas piedras. Tantas, que la policía tuvo que retirarse. Una prueba tangible de su derrota, es el texto del parte policial de los hechos. Allí se consigna que: “no hubo detenidos y no se tiene conocimiento de que haya habido lesionados”. Claro, si los agentes que iban a la cabeza de la retirada no tuvieron tiempo ni de dar la cara para mirar a los policías que corrían agarrándose la cabeza.
Al mismo tiempo, en Mendoza se realizaba una reunión muy demostrativa de la calidad del cuerpo docente impuesto por este gobierno a las Universidades de todo el país. El Rector interino de la Universidad Cuyana, Leiva Hita, consideró la situación en una cena con el gobernador de la provincia. “De lo resuelto, no adoptar medidas especiales, dada la firmeza estudiantil”, informó el jefe de la división seguridad de la policía local. Mientras tanto, los estudiantes convocaron a toda la ciudad a un paro para ese día y su éxito fue rotundo.
“A esta altura de las circunstancias, la rebelión obrero-estudiantil es imparable”, sentenció un asesor de Borda en un diálogo con él. En una rara excepción, el oficialismo esgrimía la verdad. Córdoba y Mendoza se unían indefectiblemente a la agitación estudiantil. De nada valía ya el “llamado a la reflexión” que hizo Borda apresuradamente. Ya no quedaba nada sobre lo que se pudiera reflexionar. Los tres años de presunta paz del mandato de Onganía se iban en forma inexorable, al diablo.
DÍA 21 DE MAYO

El 21 de mayo apunto, desde el amanecer, como un día bravo. Nadie -ni policía ni estudiantes- ignoraban que se desarrollaría otra jornada de lucha; más los primeros tuvieron que comenzar con su triste trabajo desde temprano.
A poco de salir el sol, personal de la comisaría 8 del Rosario tuvo que treparse al mástil de la plaza Burato Vich, es que en su extremo pendía una bandera Argentina con crespón negro en donde se leía: “Por los mártires de la dictadura, Pampillón, Cabral, Bello”. Una verdad que el gobierno no era capaz de soportar.
Por supuesto tuvieron mucho más trabajo después. A las 11:00 un acto relámpago en Tribunales, luego, el anuncio de una marcha para el día siguiente. A lo largo del día, manifestaciones, panfletos, todo a lo largo de la ciudad. No fue la única policía ocupada. En Santa Fe, Corrientes, Córdoba, La Plata, San Juan, Bahía Blanca, el enfrentamiento con las fuerzas del orden no conocía pausa. Una técnica adecuada. Cansarlos, obligar a sus autoridades al acuartelamiento, desorientarlos contactos pequeños pero efectivos. Tan exitosa fue la estrategia obrera-estudiantil que poco después los diferentes cuerpos policiales ya no servirían “ni para avisar quién viene”. La precisa definición pertenece al inefable Mario Fonseca, jefe de la también inefable Policía Federal, en su diálogo con Onganía en el anochecer del 21. Tan rotunda afirmación puede ofrecer dudas. Sin embargo, fue relatada a un miembro de la CGT por un funcionario de la residencia de Olivos, quién la escuchó personalmente.
No carecía de razón, en Córdoba, la tropa policial fue incapaz de parar la ira estudiantil, pese a disparar una cantidad increíble de bombas lacrimógenas: 350. Como era de esperar no proporcionaron datos acerca de los disparos efectuados, de los cuales los estudiantes se salvaron por haber tenido la suerte de estar a más de 5 metros de los asesinos a sueldo de la policía. Como es sabido, no son capaces de pegarles ni a un barril más allá de esa distancia.
Por otra parte, La Razón recogió, en su edición del 21, un párrafo significativo, en relación a la policía cordobesa. “Dentro de la repartición policial el personal no se preocupa allá en ocultar el tremendo descontento que lo embarga, debido a los escasos momentos que perciben, cosa que como lo anunciaremos días atrás, amenazó y amenaza, según pareciera, ya que éstos se guarda lógica estricta reserva, provocar un paro de los efectivos de la repartición”. Todas estas, y pocas otras, fueron las razones que obligaron día después a la violenta intervención del tercer cuerpo de ejército.
DÍA 22 DE MAYO
Esta vez, el escenario de la lucha se volcó con toda la intensidad habida en Rosario, Corrientes y Córdoba, a otros lugares, donde, si bien se habían producidos actos y manifestaciones, no habían sido de la intensidad de los nombrados.
En Capital Federal, cada una de las facultades y sus propios actos, de acuerdo a la táctica esgrimida en los días anteriores de dividir a la policía. Luego, el afiebrado Borda diría que: “hubieron grupos de instigadores, terroristas” y otras cosas. No hubo tal. Simplemente, el fruto espontáneo de una larga lucha por los derechos, antes y durante la consabida paz de Onganía. Ciencias Económicas, Medicina, Filosofía, Derecho, Exactas, Ingeniería, Farmacia. Los actos se sucedían uno tras otro. Aún los estudiantes secundarios participaron en la lucha. También la Universidad del Salvador, sus alumnos detuvieron el tráfico en la avenida Callao, y la represión policial sobre los no experimentados estudiantes alcanzó también las espaldas de un cura, el padre Luzzi. El padre Quiles se salvó de casualidad.
En La Plata creció la rebelión; comenzó en Salta; empezó a tomar caracteres cada vez más agudos en Tucumán; se reprodujeron en Santa Fe y Resistencia tomaron mayor intensidad en Mendoza.
Y nuevamente en Rosario hubo que lamentar muertes. Según testigos, la policía ya estaba desesperada; los estudiantes habían desbordado su fuerza en forma definitiva. Varios fueron derribados del caballo, el comisario de la seccional tercera Adolfo Bagli, tuvo que refugiarse en un local de la esquina de Córdoba y Entre Ríos, la propia jefatura de policía rosarina permaneció a oscuras por miedo a inexistentes francotiradores. Lograron disolver una manifestación, pero los restantes no fueron capaces ni de contarlas. La policía estaba, simplemente, escondida. La ira alcanzó, sin embargo, para que lograrán meterle una bala en la espalda -a pesar de su armamento, dar la cara, les daba miedo- al obrero Luis Norberto Blanco, de 15 años de edad.
A partir de ese momento, la policía rosarina sería sustituida por alguien peor, si así se puede llamar el general Roberto Fonseca, uno de los pocos leales a Ongania, declaro a Rosario “zona de emergencia”, un virtual estado de sitio. A partir de ese momento, los periodistas allegados a la Casa Rosada, en Capital Federal, empezaron a hacer circular una versión: Blanco había sido muerto ex profeso. La finalidad perseguida fue la demostración práctica de poder, pues los leales a Ongania debían demostrarle al golpista Lanusse que éste estaba respaldado por un ejército. Formado a medias entre policías y soldados, es cierto, pero ejército al fin.
En todo caso, las tropas también salieron a la calle en Salta, pero por diferentes motivos. Los manifestantes irrumpieron en el autocrático club 20 de Febrero justo a la hora de la cena y el momento en que comenzaba un banquete. Y eso el coronel Guillermo Isidro de la Vega no lo podía permitir. La exclusividad de la oligarquía estaba en peligro.
Pero sus defensores comenzaron a contar las primeras víctimas. En Rosario yacía el sargento de la guardia de caballería Miguel Fernández, según el parte policial, moribundo. Vagamente, se refería también a “heridos graves de las fuerzas policiales”. No se supo si se murieron. En todo caso, desde los aeropuertos de El Palomar y Aeroparque partían hacia el interior aviones militares llevando cargamento de balas, bombas de gas y refuerzo de hombres. Toda la policía del país ya no era capaz de parar a los manifestantes.
Por otra parte, la rebelión alcanzó a las propias filas oficiales, esta vez desde adentro. Cuando Fonseca declara Zona de Emergencia a Rosario, nombra un tribunal militar, presidido por el teniente coronel Ledesma. Este pide ser relevado de su cargo, pues según dijo, “en mis funciones no juzgare a personas honestas”. Fonseca le respondió: “usted, teniente coronel, tiene dos caminos, o preside el tribunal militar, o se pega un tiro”. El teniente coronel se debate ahora entre la vida y la muerte en el hospital militar, con una bala en la cabeza.
DÍA 23 DE MAYO
Un centenar de detenidos en Salta, la situación casi fuera de control policial en Tucumán, dos facultades ocupadas en Mendoza, agitaciones en la Capital Federal, Bahía Blanca. La ferocidad policial, a esta altura de los acontecimientos, no tenía límites. Tampoco La indignación popular. Ya no eran estudiantes y obreros; se le había sumado madres, empleados. Las declaraciones en apoyo a las movilizaciones se sucedían una tras otras. Excepto el reducido círculo de los implicados en el gobierno, el país estaba en la lucha. Ahora cuando la policía lograba detenciones, eran también profesionales, empleados, amas de casa. Ya no estaba cuestionado al ocupante del sillón presidencial, sino todo el régimen de violencia. Por primera vez en 13 años, se estaba perdiendo el respeto al poder instituido. Se iba en busca de la dignidad nacional.
DÍA 24 DE MAYO

También los paros parciales se sucedían en todo el país. En la Universidad del Sur, por tiempo indeterminado, paro general por 24 horas en Santa Fe, la CGT decretaba paro en todo el país para el 30. En Córdoba, las columnas de protesta eran cada vez más numerosas. Si al principio habían sido unos cientos ahora eran miles, 5 días después serían 40000 personas en una sola columna. Al mismo tiempo, la violencia policial cobraba ribetes inusitados. Ya los agentes no se animaban a caminar por las calles; ahora, pasaban con el jeep. Si lograban apresar a alguien, lo arrastraban desde el coche la distancia necesaria por ponerse fuera del alcance de los manifestantes. A veces, esta distancia eran 150 m, y el capturado iba dando tumbos sobre el asfalto. La CGT de los Argentinos hizo su llamado para un enfrentamiento frontal con las fuerzas del régimen. A su lado, estaban la inmensa mayoría de los gremios del país, pero también la inmensa mayoría del pueblo. De poco y nada valieron ya los acuartelamientos policiales. Para pararlos, había que usar el ejército.
Y si ya estaban en las calles de Rosario y Salta, ahora lo sacaron en Tucumán. Y pusieron en práctica una vieja arma, los consejos de guerra. Hombre capturado sería en adelante hombre muerto en vida. Como lo demostraron los acontecimientos posteriores, esto no intimidó a nadie, a ninguno de los integrantes de la columna del pueblo.
DÍA 25 DE MAYO
La fecha patria dio a las diversas policías un relativo respiro. En Rosario no ocurrieron incidentes; pero para ello fue necesario que el ejército patrullará las calles intensamente. Un disloque compensado por Corrientes, Santa Fe y San Luis, donde renacieron los actos relámpagos, los enfrentamientos, las pedreas, los coches policiales incendiados.
En Tucumán, donde también hubo actos relámpagos, la policía tuvo una noche de asueto. Fueron todos a la función de gala del teatro San Martín. Pero no a ver la obra (Romeo y Julieta, de William Shakespeare). A cuidar a “las altas autoridades nacionales” de cualquier manifestación sorpresiva. Se equivocaron, pues los manifestantes no hicieron nada de teatro. Incendiaron un coche patrullero con toda tranquilidad, a 12 cuadras del San Martín. En la jefatura, la policía se insubordino. Aún no se conocen detalles, que se darán en la próxima edición.
El clero empezó a tomar cartas decididas en el conflicto. La lista de curas, obispos y sacerdotes que se pronunciaron y actuaron al lado de los manifestantes es casi interminable. En otra página del periódico se intenta, sin embargo, un resumen.
DÍA 26 DE MAYO

Corrientes se puso al día. Es que la policía se había envalentonado con eso de que tuvieron un par de días de respiro y osó prohibir un acto en homenaje a Cabral. Los resultados de esta medida se vieron a partir del mediodía, cuando estaba toda la zona céntrica celosamente vigilada. Pequeños grupos, de no más de 10 personas, empezaron a hackear a la policía, que casi agotado su carga de gas, inútilmente por supuesto.
En San Juan y Mendoza también hubo ataques con tintes histericos de la policía, pero la jornada estuvo signada por otra novedad. A todo lo largo del país empezaron a estallar petardos, bombas, botellas de nafta. Los atentados se sucedían uno tras otro. En Córdoba, la policía se lanzó inútilmente tras un misterioso coche celeste que ametrallaba las casas de los decanos de la facultad y miembro del gabinete del gobernador Avellaneda. El diario Times, de Londres, mientras tanto se refirió a “la brutalidad de la policía”. Y es realmente insospechable de subversión.
DÍA 27 DE MAYO.
Tucumán se estaba convirtiendo en el mayor foco de la rebelión. Durante la noche, se realizó la manifestación más grande que se haya hecho nunca en la zona. También, en la que con mayor energía actuó la policía: “no hay nada como estar todos juntos para pegarnos a todos al mismo tiempo” se quejó luego un dirigente estudiantil. No tenían motivo de queja, pese a todo ganaron la batalla.
Después de una misa oficiada en la iglesia San Gerardo por la Juventud Universitaria Católica en homenaje a los caídos, se organizó una marcha del silencio, en dirección a la plaza. Iba presidida por varios sacerdotes, pero pudieron caminar poco. De los bastonazos a diestra y siniestra no se salvaron ni los periodistas ni los curas. Tanto se descontroló la policía que no tuvo inconvenientes en meterse en la propia Escuela de Aeronáutica, donde se educan algunos de sus futuros aliados, y sacarlos a bastonazos y con bombas de gas. Aproximadamente una docena de los futuros guerreros tuvieron que ser internados con principio de asfixia. En su histeria, la policía se la agarró con el propio subdirector de la Escuela teniente (R.) Rubén Farías, a quien arrastraron, como si fuera un ciudadano, agarrado de la solapa y de un Jeep, hasta la comisaría. Desgraciadamente los gases también inundaron la Casa Cuna y los bebés tuvieron que ser llevado con urgencia al hospital, muchos de ellos con principios de asfixia.
Esa, la Unión Industrial declaraba: “pero ese día será qué algunos sectores de la comunidad no percibieran lo que ocurre en el mundo; una lucha fría para socavar las raíces democráticas de los de Occidente, entre los cuales nos contamos”. Los payos de “sus” cortes marciales empezaron a suceder.
DÍA 28 DE MAYO.
Al día siguiente las protestas, las manifestaciones en Tucumán siguieron. Sólo se apaciguarían a la madrugada del 29. Tuvo un saldo doloroso: 40 heridos y lesionados, más de 100 detenidos. La policía no conoció tregua; San Miguel de Tucumán estaba convertido en un polvorín. Tanto tenían que estar defendiendo La Casa de Gobierno, que de todas formas no cuenta con un vidrio sano, cómo intentando bajar un estudiante de la cúpula de la Catedral, donde agitada una bandera argentina. Bombas y barricadas era la contestación a las balas y gases. El gobierno provincial, por su parte, pidió ayuda desesperadamente a la capital, declaró “asueto” en los establecimientos de enseñanza.
Todo resultaría inútil. Sólo la intervención del ejército, que principalmente cayó una sorda inquietud de rebelión que agitaba a la policía tucumana, logró dominar apenas la situación.
No era sólo en Tucumán. En Rosario, luego de un cambio de jefes de policía –alguien tenía que “pagar” por los asesinatos- trataba de evitar todo disturbio recomendando a sus fuerzas con un sano consejo. No interferir con las manifestaciones.
La Universidad del Litoral fue ocupada, en La Plata se produjo una gran manifestación. Borda acusó a la subversión, los rectores se movieron de un lado para otro tratando de no tener que renunciar, diferentes grupos y sacerdote dieron declaraciones y acordaron medidas de lucha. Según consignó La Prensa, en esferas allegadas al gobierno, había existido honda preocupación y temor entre nuevos “disturbios”. Fue, por lo tanto, otra jornada de lucha.
DÍA 29 DE MAYO.

El Cordobazo fue una protesta masiva en la ciudad de Córdoba, Argentina, que involucró a obreros, estudiantes y sindicatos en rechazo a las políticas de la dictadura militar de Juan Carlos Onganía, conocida como la “Revolución Argentina” La movilización se desencadenó principalmente por la derogación del “sábado inglés”, que establecía el pago doble por las horas trabajadas después de las 13:00 los sábados, y por medidas económicas que afectaban los salarios y derechos laborales.
El 29 de mayo de 1969, los sindicatos SMATA (mecánicos), Luz y Fuerza y UTA convocaron a un paro activo con movilización, al que se sumaron los estudiantes universitarios. Durante casi 24 horas, los manifestantes tomaron el control de la ciudad, enfrentándose a la represión policial y provocando incendios y ataques a empresas multinacionales. La violencia dejó varios muertos y cientos de detenidos, incluyendo a líderes sindicales como Agustín Tosco, Atilio López y Elpidio Torres.
El Cordobazo debilitó al gobierno de Onganía y fue un factor clave que condujo a su caída en junio de 1970. Además, abrió el camino hacia elecciones posteriores y marcó un hito en la historia de la resistencia obrera y estudiantil en Argentina. Fue también un ejemplo de unidad entre trabajadores y estudiantes frente a la represión y las políticas económicas autoritarias
